Breve colaboración para Blasting News

 

Un muy breve viaje por los escándalos de Hollywood, con la excusa de la absolución de Kevin Spacey. Publicado en Blasting News.

Mis mejores malos. 6/ Los ojos azules más tristes del mundo

Plein Soleil 2

 

(Hace unos pocos veranos, el periodista Santiago González – sí, el “Santi, majetón” del programa radiofónico de Carlos Herrera  fue tan amable como para cedernos a unos pocos seguidores de su magnífico blog unos espacios, en días en los que él disfrutaba de unas merecidas vacaciones. El tema genérico que debíamos compartir se reunía en el epígrafe “Mis mejores malos”; se trataba de una serie de retratos sobre villanos del Cine a los que podíamos aproximarnos con libertad desde diversos ángulos: el personaje en sí, el actor de que lo había interpretado, el tópico que podía haber supuesto para el llamado 7º Arte… Iré colgando algunos de los que redacté.)

Plein Soleil Front

Patricia Highsmith creó a un cabrón inolvidable. Un individuo peligroso llamado Ripley, que buscaba su lugar en el mundo. El problema era que el lugar que decidía como suyo, estaba previamente ocupado. Y su deseo, le conducía a retorcidas conclusiones que solían culminar en el imperativo de que sólo podía quedar uno. Así, con pedazos ajenos, fue creando su personaje, que tenía vicios de su autora. Tom Ripley era un norteamericano extrañado por propia decisión en la decadente Europa llena de turistas estadounidenses desinformados que -gracias al dólar boyante del S. XX- compraban asilo en la Côte d’Azur. Y, cuando alguien cometía el error de rascar la pintura en busca del currículum, Ripley se veía abocado a matar -decidía él, que a su pesar- para proteger sus méritos. Esto le dio a Highsmith para cinco novelas, a las que supongo que volvía como Hitchcock a sus “run for cover” -un éxito seguro de favor del público- cuando algo en otro proyecto fallaba. Hitchcock y Highsmith cruzaron caminos, con la colaboración anexa de Raymond Chandler, urdiendo el guión de “Extraños en un Tren”, que es una idea -la de intercambiar asesinatos- que se ha filmado varias veces, con mayor o menor descaro y acierto y que probablemente alguna vez se haya realizado y caído en el mayor de los éxitos, que en el crimen viene a ser el anonimato, como algunos saben bien.

No recuerdo si Highsmith, desertora del american way of life, lesbiana, alcohólica y refractaria a toda muestra de afecto (sus últimas horas darían para todo un tratado), creó a Ripley con ojos azules. Abunda la idea, no confirmada, de que un rasgo neurobiológico del psicópata es la mirada azulona. Pero sé que a pesar del rostro de ragazzo da via de Boston de Matt Damon, de la languidez de John Malkovich y de la frivolidad pintoresca de Dennis Hopper, para mí, Tom Ripley siempre tendrá los ojos azules de Alain Delon en “A Pleno Sol” de René Clement.

Ripley es para mí una excusa, porque lo que de verdad me interesa son esos ojos. Más aún, la tristeza impregnada de belleza de cobalto. Si tomamos distancia podemos preguntarnos por qué alguien sube desde el lumpen francés al estrellato, se codea y aprende de intelectuales directores como Visconti, Melville, Antonioni, Clement… se rodea de las más bellas mujeres de Europa y América y sigue arando la vida con esa insultante tristeza.

En “A pleno sol”, los cinéfilos perseguimos el cameo de Romy Schneider, a sabiendas de que fue todo menos un cameo en la vida de Alain. Pero la tristeza estaba sembrada antes de que ella muriera por penúltima vez cuando el cuerpo de su hijo atravesado por una verja le pasó el finiquito. Una década antes, su rostro ya era desolación… De no ser así, nunca hubiera hecho un recital tan desbordante como “Lo Importante Es Amar”.
Delon parece que haya ido dejando minas de profundidad en forma de lágrimas. Jamás puedes imaginarlo en sus romances como un hombre feliz; es como si su belleza fuera un complejo, un lastre. Incluso en revistas de la época, sonriendo desarmante en primer plano, hay un poso. Algo que no nos cuenta y que le está jodiendo. El cáncer de vivir. Es uno de los actores que más veces ha muerto en pantalla. Yo creo que son exorcismos, ejercicios compensatorios por todo lo que creemos que él ha gozado y nosotros, no. Como si la tarta de la felicidad fuera finita y socializable. Cuando las adolescentes españolas podían escoger

entre el starsystem norteamericano y el europeo para forrar sus carpetas, se perdieron aquel desnudo integral frontal -extemporáneo, adelantado al de Depardieu y de Niro en “Novecento”, a dos manos… nunca mejor dicho-. Fue en 1973, en “Tratamiento De Shock” y allí, como el villano mad doctor Devillers, procuraba la eterna juventud a buenos postores, en un film argumentalmente adelantado a su época.

Podemos, los varones, preguntarnos ofendidos con qué derecho se recorre la vida con el estigma ofensivo de esa tristeza, casi acuosa que han traído los años y que va más allá del paso del tiempo. Éste sólo ha logrado que se le vaya acomodando en ojeras, semisonrisas y gestos que parecen rumorear que sí hay salida, pero que para todos es la misma. Los que han pasado por la depresión pueden preguntarse cómo ha podido habitar en él, por confesión propia.

A sus personajes heroicos, los tiñó de extrañeza ante la victoria; a sus personajes tristes, existencialistas al uso, como el de “La Primera Noche De La Quietud” o “Dos Hombres En La Ciudad” (que contiene una de las filmaciones más frías y escuetas de una ejecución en la guillotina, vigente aún en la década de los 60) la pena de muerte por vivir, se le acomoda como su propia sombra; a los villanos de mayor o menor encono social -de “El Silencio De Un Hombre” a “Tony Arzenta” (descomunal negro europeo a ser descubierto)- el castigo les venía como un certificado intransferible.
Si, en verdad, la villanía y la maldad se adornan de tales luces, el camino de la rectitud se antoja difícilmente transitable. Tanto, que ni la promesa de la tristeza puede apartarnos de ser engullidos por un agujero azul.

 

Dos enlaces originales de la publicación: el propio blog de Santiago González y en su correspondiente en el periódico El Mundo.

“Man of the West” (El Hombre del Oeste, Anthony Mann, 1958)

ManWest

(Este escrito fue publicado en el número de la revista de estudios de historia del Cine “Vértigo” en el año, como parte de un estudio más amplio de la obra del director Anthony Mann. Ocasionalmente, lo he cedido a alguna web o colgado yo mismo en algún que otro foro. Será el primero de una serie de breves escritos que espero recuperar mientras genero otros.)

Soy de los que siempre ha pensado que si no existiese previamente el film de Jacques Tourneur titulado “RETORNO AL PASADO” , bien hubiera podido ser éste el título de “EL HOMBRE DEL OESTE” . Es la presencia de “el peso del pasado”, que en el cine de Mann ya aparece en títulos como “RAW DEAL” , “WINCHESTER 73” o “HORIZONTES LEJANOS” . Pero en “EL HOMBRE DEL OESTE” , para los protagonistas, es como si de repente el tiempo hubiese retrocedido. Es llamativo el diálogo que mantienen el protagonista Link Jones (Gary Cooper) y su tío Dock Tobin (Lee J. Cobb) al instante de reencontrarse:

DOCK: Mucho tiempo ausente. Al menos han sido cinco años. 
LINK: Unos cuantos más. 
DOCK: No sé llevar la cuenta del tiempo. 

Cooper está visiblemente envejecido y se intuye por los datos que nos han ido proporcionando que sus correrías junto a Dock han sido bastantes años atrás, en su juventud. Sumemos entonces esta aparente distorsión en la percepción del tiempo a esta especie de remanencia, casi perennidad de los Tobin (el hecho de que sigan vivos y en el mismo lugar dónde Cooper los abandonó muchos años antes, y lo más sorprendente: su perpetuación. ¿Dónde están o han estado las mujeres de los Tobin? No hay rastro de ellas y es imposible imaginárselas y, aunque suene raro por el hecho de su ausencia, hay una sensación casi de endogamia, de degeneración, cobrando así pleno sentido la perturbadora presencia de Trout (Royal Dano), el sordomudo y enajenado pistolero). Con esto llegamos a la afirmación de José María Latorre y, anteriormente, de José María Pala del encuadramiento de “EL HOMBRE DEL OESTE” en el género de la ciencia-ficción. Literalmente, Latorre dice que es una “magistral película de ciencia-ficción encubierta bajo las convenciones visuales del cine del Oeste.” Si a alguien le parece demasiado radical esa afirmación quizá encuentre una lectura más fácil al pensar, dentro del campo del Fantástico, en el subgénero de los viajes en el Tiempo. Porque eso narra “EL HOMBRE DEL OESTE” : un pistolero reformado, Link Jones (Cooper), Billie (Julie London) una cantante de salón y un jugador (Arthur O´Connell), tras la confusión del asalto a un tren,son abandonados en una región desolada. Buscando refugio, Link encuentra la guarida de la banda de los Tobin, dónde pasó su juventud bajo la tutela del mayor bandido de la zona, su tío Dock Tobin (Cobb). En la guarida encuentra al viejo Tobin con otro par de pistoleros. Dock, al borde de la senilidad, piensa que Link ha regresado a la banda. Esto le hará resucitar la idea de atracar el banco de una ciudad minera llamada Lasoo en cuanto se les una el hijo de Dock Tobin, Claude (John Denher). Link se ve obligado a colaborar con ellos.

Se inicia el viaje a Lasoo, que es un itinerario del “ninguna parte” dónde están los Tobin al “ninguna parte”que será Lasoo, pasando por una tierra de nadie, en la que continuamos sin rastros de civilización, sin puntos de referencia, lo que también convierte al itinerario en un trayecto por “ninguna parte”. El viaje a Lasoo da tiempo y oportunidades para que Link reviva el clima de violencia y sinrazón de su juventud en la banda. La llegada a Lasoo nos muestra una ciudad fantasma, abandonada, excepto por un viejo matrimonio de mejicanos. Lo que le sucederá a ésto, definirá radicalmente el clima de inutilidad y crueldad que caracteriza la vida de los Tobin. El duelo entre Link y Trout -primero, y al que Mann se niega a mostrar como un ser humano, sinó como la bestia alimentada en el seno de los criminales- y con Claude, a continuación, se plantea de una manera ceremonial (se sienta pacientemente, fuma, ha cargado sus armas) para proseguir con la extinción de los Tobin, del lastre de su pasado. Un duelo en el que la utilización del Cinemascope llegará a su máxima cota de aprovechamiento (por lo tanto, de sabiduría) en el duelo final entre Link y Claude. El formato nos permite ver, conteniendo a oficiante y víctima, cómo se completa el sacrificio de toda una época, el nacimiento del nuevo Link Jones, del nuevo Oeste a través de la redención más cruel jamás filmada.

Cuando Dock habla de los crímenes cometidos junto a Link (cuyo nombre, por cierto, significa “eslabón” o “enlace”) el cine, que siempre renueva el recuerdo, nos permite ver el rostro juvenil de Cooper. El Cooper de “THE PLAINSMAN” o de “THE WESTERNER” , ese juvenil rostro interpretando la descarnada violencia que Dock Tobin desgrana en sus recuerdos. De la misma manera, el inicio de este viaje por el Túnel del Tiempo no podía empezar de otro modo que a bordo de un tren, porque es símbolo del nacimiento del cine y el Hombre no ha inventado hasta el momento máquina del tiempo más perfecta que el Cinematógrafo.

La Videoteca de Alejandría

(Este texto apareció previamente en el blog de Carmen Álvarez Vela)

A comienzos de los 90 mantuve un cierto grado de amistad con un compañero de estudios del Audiovisual. Era más joven que yo y, además, todos en la Escuela de Imagen y Sonido de Galicia sabíamos de él que había pasado por algún serio bache de salud a edades más tempranas. Un día me confesó que en la antesala de una operación de la que podría no despertar, se las arregló para hacerse con una copia de la película “Al Rojo Vivo”.

“Pensaba que, si iba a morir, quería marcharme habiendo visto esa obra maestra.” Todos ustedes han visto ese film, con desenlace antológico, en el que el enloquecido gangster interpretado por James Cagney vuela por los aires en una refinería al grito de “Lo conseguí, Ma: la cima del mundo.” La referencia a Ma va dirigida al personaje de su madre, suya sombra pesa sobre el final en manera solo superada por el otro gran desenlace que todos hemos visto: “Psicosis”. Algo deben de tener las madres muertas y los grandes finales de películas.

Hace no mucho cayó en mis manos una revista de cine editada en España a comienzos de los 70. Incluía un estudio sobre un director. No importa quién, pero supongamos que este hombre hubiera realizado una docena de películas. El redactor había logrado ver unas tres o cuatro y se las había apañado para reunir textos acerca de otra cantidad similar, fruto de otras publicaciones, en su mayoría extranjeras. A partir de ahí, infería hasta completar su ensayo. Esto no encubre una recriminación por mi parte. Hasta ahí se podía llegar en esos años: lo que el azar, la tv en blanco y negro y algún festival -si disponías de capital para viajar- te permitían completar, junto con la programación de los cines y los entonces abundantes cineclubs, entregados casi todos a eso que se llamaba Arte y Ensayo y otros rebautizaban como Arte y Ladrillo.

En las décadas de los 80 y los 90, con la eclosión del vídeo doméstico y algún empujón televisivo como la mítica y mitificada TVE bajo la dirección de Pilar Miró, fuimos logrando los enfermos de cinefilia el ir cubriendo huecos. Éramos como un anticipo de aquellas pantallas del Tetris: rellenábamos agujeros en las filmografías por esos medios legales y por otros que no tanto. Nos pasábamos grabaciones en VHS de películas que alguien había capturado en televisiones como la italiana o la portuguesa (¡aaaah, la VO portuguesa!). Sacábamos una copia tras otra. A veces, llegaban a nuestra mano cintas de vídeo de lo que se llamaba cuarta o quinta generación (o sea, para los ya digitales: una copia, de una copia, de una copia…) con lo que algunos de esos films eran, básicamente, una pista de sonido sobre la que veíamos moverse manchas blancas, negras y un par de matices de gris. A eso lo llamábamos con un optimismo que rozaba el autoengaño, “completar”, “ver películas” que teníamos como inéditas.

Después vino a sumarse la digitalización y la multiplicación de la piratería claro. Me cuesta imaginar a un cinéfilo obseso negándose a ver un film que le había resultado esquivo durante un par de décadas porque ahora caía en sus manos un archivo pirata. Pero ese no es el tema de esta columna. Ni la nueva guerra entre los que creen que todo está en la Nube, el Streaming y los locos que aún adquirimos soporte físico de las obras. Eso es otro debate.

El motivo de juntar estas líneas es el Tiempo. Casi cualquiera tiene ahora ante sí una Videoteca de Alejandría. Prácticamente todo, está. O bien puede comprarse, visualizarse en los títulos apilados en menús de plataformas digitales. Y si buscas algo más raro, o versiones alternativas o sin censurar, puede que incluso las encuentres en el mismo YouTube. Legal o ilegal, casi todo está al alcance del curioso, del nuevo cinéfilo.

Pero hay una preocupación que destaca entre los aficionados. Al parecer, una gran parte de la juventud (llámenlos millennials, si quieren) no se interesan ni manifiestan curiosidad por nada realizado antes de los albores de este siglo. No se trata ya solo de la barrera del blanco y negro o de que no sepan abstraerse de planteamientos históricos, ambientales o actitudes reflejadas en una obra que les puedan resultar chocantes, pero que eran fruto de su tiempo. Desconozco si los temas planteados por cinematografías extrañas o épocas que se van alejando les despiertan algún interés. Por “fucks” o por nefas, tienen ante sí los medios para poder revisar toda la Historia del Cine (del Audiovisual, realmente) incluso de manera cronológica. O por directores. O por géneros. O por…

No puedo evitar una cierta envidia que se transforma en desasosiego ante ese desperdicio que trae el caso omiso a esas posibilidades. Quizá porque pienso en la terrible frase del personaje de William Holden en “Network”“esto está cada vez más cerca del final que del principio”, siendo “esto”, la vida.

Los más cafeteros disponemos de la consciencia de que se nos van a quedar muchos títulos, que una vez fueron perseguidos con avaricia, en el estante de los “no vistos”.

En muy pocas personas de insultante juventud he visto la voracidad de la que hacía gala mi entonces amigo, que le dijo al fantasma de la Muerte que únicamente se lo llevaría tras haber disfrutado de “Al Rojo Vivo”.

Algo que queme, algo que corte…

Desvestidos de cualquier nostalgia, podemos acordar que han caído en desuso algunas buenas costumbres de nuestros abuelos. Ellos aprendieron que no conviene salir de la cueva sin algo que corte y algo que queme. Lumbre y filo.

Cuando al pasar un arco de seguridad nos desintegramos en piezas de un puzzle, ya no se encuentran la navajita suiza o el infecto cortaúñas por citar los ejemplos más vulgares. En las bandejas de plástico en las que nos depositamos, predomina lo romo y lo aséptico, descontando -quizá- algún amuleto.

El mechero sobrevive a duras penas y suele estar ya revestido de plástico y del don de la reciclabilidad, allí dónde antes lucía dorados o platinos que nos destacaban ante los que nos pedían lumbre.

Hoy, el mechero aún ofrece un grado de sociabilidad entre necesitados. Y quién necesita un filo, te lo agradece con mirada de sorpresa cuando aparece en tu mano. Siempre puedes decirle “si no te gusta, usa los dientes“.

La llama y la hoja de metal son rasgos de civilización; de defensa más que de ataque, útiles para ser compartidos.

Pero la mayor emoción es encontrar estos utensilios en el bolso de una mujer.