Algo que queme, algo que corte…

Desvestidos de cualquier nostalgia, podemos acordar que han caído en desuso algunas buenas costumbres de nuestros abuelos. Ellos aprendieron que no conviene salir de la cueva sin algo que corte y algo que queme. Lumbre y filo.

Cuando al pasar un arco de seguridad nos desintegramos en piezas de un puzzle, ya no se encuentran la navajita suiza o el infecto cortaúñas por citar los ejemplos más vulgares. En las bandejas de plástico en las que nos depositamos, predomina lo romo y lo aséptico, descontando -quizá- algún amuleto.

El mechero sobrevive a duras penas y suele estar ya revestido de plástico y del don de la reciclabilidad, allí dónde antes lucía dorados o platinos que nos destacaban ante los que nos pedían lumbre.

Hoy, el mechero aún ofrece un grado de sociabilidad entre necesitados. Y quién necesita un filo, te lo agradece con mirada de sorpresa cuando aparece en tu mano. Siempre puedes decirle “si no te gusta, usa los dientes“.

La llama y la hoja de metal son rasgos de civilización; de defensa más que de ataque, útiles para ser compartidos.

Pero la mayor emoción es encontrar estos utensilios en el bolso de una mujer.

 

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